¿BARES CON MÁQUINAS EN LA RIOJA?

EN EL DEBATE POR LA LUDOPATÍA, EL DIABLO METE LA COLA

 En estos días, un profundo debate se ha instalado en la sociedad riojana. El horario de los casinos y la potestad de controlarlo ha pasado a ser noticia relevante en los medios de prensa locales. Intereses de todo tipo y tenor encuentran voces para expresarse, y no son pocas las de la política, como siempre ocurre. Y como casi siempre también ocurre, los periodistas acuden a recabar opinión a los representantes de la Iglesia. En este caso, el consultado es el obispo de La Rioja, monseñor Roberto Rodríguez.

A título personal, yo no entiendo muy bien esa práctica institucionalizada de tener que escuchar a gente que no es experta en un tema. Pero, en fin, si un jugador de fútbol puede opinar hasta del clima… está bien que el obispo opine. El asunto es que, muchas veces cuando hablamos desde el desconocimiento, regalamos «perlitas» que podrían ser simpáticas si no fuera porque se dicen en serio.

Repasemos un poco las declaraciones, según las transmiten los medios:

El obispo de La Rioja, monseñor Roberto Rodríguez, expresó su rechazo a las máquinas tragamonedas instaladas en la provincia porque consideró que son un juego «perverso», ya que no están regidas por el azar, sino que están «programadas», de forma tal que significan «una verdadera estafa» para los apostadores.

Bueno, bueno, no falta totalmente a la verdad. Es cierto, monseñor, las máquinas están programadas. No es tan cierto que no están regidas por el azar, aunque más que de azarosas tal vez deberíamos decir que las máquinas ofrecen resultados aleatorios sobre una gran cantidad de combinaciones posibles, éstas sí programadas de antemano.

Déjeme decir además y para que quede claro, no coincido con usted en la afirmación de que los fabricantes de máquinas y los operadores sean «estafadores». Yo diría más bien que son gente de negocio como cualquier otro. Personalmente me he sentido más estafado por un sandwich de hamburguesa aplastado que no coincide en nada con la foto que lo promociona, que por una máquina tragamonedas, ¡que desde su mismo nombre me anuncia su finalidad! En fin, sigamos adelante, no sin antes resaltar con marcador el término «perverso» que utiliza para referirse a este juego en comparación con otros.

Rodríguez hizo estas consideraciones a raíz de una polémica que existe en la capital provincial respecto de la ludopatía y las condiciones en las cuales trabajan los casinos y casas de juegos, entre ellas los horarios y los cánones que pagan al Estado y quién debe cobrarlos, si la provincia o la Municipalidad.
El prelado opinó, además, que «las máquinas son peligrosas porque terminan enganchando a la gente y el problema es que generan tal ansiedad en el sujeto que sigue jugando e intentando para ver en qué momento le da la suerte».
A su criterio, «el juego de azar no es tan preocupante como el de la maquinita porque allí no manda el azar sino la programación de la máquina para que entregue un premio cada tanta gente y lo demás se la chupa la máquina, por eso siempre nos hemos opuesto a esta práctica».

Permítame decirle que afirmaciones como la suya, por increíble que parezca, hace que los apostadores sigan sosteniendo el absurdo mito de que las máquinas se van llenando de dinero hasta que en algún momento prefijado, pagan algo. Con lo cual, siguiendo razonamientos como el suyo… ¡continúan apostando!

No estoy en condiciones de asegurar o desmentir que las máquinas provoquen más adicción que otros juegos (o que cualquier otra cosa, como el cigarrillo, el sexo o las compras, que sobre gustos…). Pero… ¿el bingo que organizan las parroquias, no se reserva para sí un porcentaje de lo jugado? Es más, seguramente un porcentaje mucho mayor que el que se reservan las máquinas tragamonedas. ¡Caramba, qué perversidad!. Permítame, monseñor, un toque de humor para hacerlo reaccionar. Si quiere criticar al juego como conducta social o actividad económica, pues hágalo. Posiblemente eso sea parte de sus servicios. Pero decir que las máquinas tienen distinta lógica que otros juegos no es cierto. Por una cuestión matemática que yo no termino de entender, todos los juegos que tienen cabida en un casino hacen que la banca gane un porcentaje de lo jugado, que suele ser bastante parecido. Es verdad, muy de tanto en tanto alguien hace saltar la banca en la ruleta, pero créame que el casino lo gana por otro lado. Porque esto es un negocio, monseñor. Y como tal, debe producir ganancias. Una consideración adicional es que buena parte de esas ganancias se vuelcan a la acción social, siempre y cuando el juego esté regulado por el Estado.

«Además he observado con preocupación en algún bar cómo la gente está copada con el juego en la máquina y gasta y gasta y gasta», lamentó.

¿A qué bares concurre usted, monseñor? Seguramente, anda por ahí en misión de recuperar almas perdidas. Porque en La Rioja, como en todo el país, NO HAY MÁQUINAS TRAGAMONEDAS AUTORIZADAS EN LOS BARES. Con lo cual, si usted las ha visto, ese lugar es ilegal, clandestino, fuera de la ley. Y si tiene máquinas tragamonedas, pues Diós sabrá que más tienen, monseñor. Por lo cual, por favor, denuncie esos bares a la justicia. O aperciba a sus propietarios de hacerse una escapada al confesionario.

La ludopatía «es la ocasión para muchos problemas familiares», advirtió. Por esas razones, el obispo consideró que «el control de los horarios de funcionamiento me parece bien porque tiende a sanear el problema y por lo menos si están cerrados por la mañana evitan la tentación en un tramo horario en la que hay mucha gente en el centro de la ciudad».

No estoy tan seguro de lo lineal de este pensamiento. Mi temor es que entonces aumente considerablemente el negocio de los bares con máquinas tragamonedas que nadie regula…

Rodríguez aclaró que no está en contra de los juegos de azar en general, «mientras uno pueda controlar la inversión y el gasto que realiza, por ejemplo cuando adquiere un billete de lotería y apuesta números en la quiniela».

Final de fiesta, monseñor: créame, este es un dato de la realidad, no es cuento: mi abuela (sí, mi señora abuela) dejó como herencia una pila de pagarés en blanco, firmado a favor de capitalistas del juego clandestino. En esa época no existían las máquinas tragamonedas. Ella jugaba a la quiniela. Clandestina, claro.

Monseñor: Acompañemos al Estado en su lucha contra la ludopatía. Exijámosle más y mejores acciones. No claudiquemos en el reclamo. Pero busquemos la palabra de la gente entendida en estos temas, para que la ayuda sea certera.

Atentamente

Rubén Parra

1 comments

EXCELENTE DESCRIPCION DE LOS JUEGOS DE AZAR RUBEN!! ZAPATERO A SUS ZAPATOS!!

Deja una respuesta

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.