Durante la semana pasada vio la luz un reportaje realizado conjuntamente por el diario británico Sunday Times y la cadena de televisión alemana ARD en el que denunciaban un dopaje sanguíneo masivo en el atletismo gracias al acceso que habían tenido a la base de datos de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF).
A dos semanas del comienzo de los Mundiales de Atletismo de Pekín ha estallado esta bomba en la que fundamentándose en datos oficiales de la IAAF, que se han filtrado por fuentes desconocidas, se acusa a que de 12.000 análisis de sangre de unos 5000 atletas están bajo sospecha más de 800 por valores altamente anormales. Además, señala directamente a 146 medallas de Juegos Olímpicos, y de hecho, afirma que un tercio de las medallas conseguidas en JJOO y Mundiales entre 2001 y 2012 se habrían logrado de manera fraudulenta.
El daño que va a sufrir el mundo del ciclismo y su credibilidad tras estas revelaciones es enorme. Algunos expertos lo sitúan al nivel del “caso Armstrong” en el ciclismo, por ejemplo Michael Ashenden que señala que “lo que estos datos que manejamos muestran es la misma diabólica dinámica que tenía el ciclismo durante la época de Lance Armstrong”, y es que el ciclista estadounidense es, por derecho propio, en el imaginario popular el mayor ejemplo de dopaje en el deporte.
Aunque al menos ídolos populares del atletismo como Usain Bolt o Mo Farah parecen estar libre de culpa. Farah ya estuvo hace pocas semanas en el candelero de la opinión pública debido al interrogatorio que le hizo la Agencia Nacional Antidopaje de Estados Unidos, en una cuestión referente a un ex entrenador suyo.
El “doping” es algo que siempre está presente pero que en las últimas semanas y debido a diferentes noticias ha vuelto a ponerse en el foco de la opinión pública, algo positivo si luego no nos olvidamos de que está ahí hasta el próximo escándalo. Hace ocho días Chris Froome celebraba su victoria en el Tour de Francia 2015 bajo la mirada suspicaz de muchos aficionados y expertos, y es que las sensaciones y números que había dejado en la ronda gala recordaban al infame Armstrong.
Sus defensores tienen razón en que no hay datos que demuestren que se haya dopado, pero claro, en un deporte como el ciclismo en el que no queda mucha confianza y teniendo en cuenta que a Lance Armstrong le pillaron más de diez años después es normal que haya gente que no se fíe de Froome. Además que nunca ha ayudado al deportista en general en los casos de dopaje el corporativismo que se percibe de las reacciones de sus compañeros. El aficionado esperaría ver enfado ante lo que supone que te hayan ganado haciendo trampas y la gran mayoría de las ocasiones lo que se ven son tibias reacciones, cuando no el mutismo selectivo.
A esto se le añade las sospechas de los últimos años de una nueva forma de dopaje, esta vez mecánico en forma de pequeños motores que irían incrustados en el interior de las bicicletas y que de confirmarse sería el colmo. De hecho, durante el Tour la organización hace controles sorpresa a las bicicletas de los ciclistas.
Otra de las noticias que ha vuelto a traer a primera página mundial es de hace dos semanas, y es que una de las mayores organizadoras de torneos de e-Sports del mundo, la ESL, decidía colaborar con la Asociación Mundial Antidopaje (AMA) para luchar contra el doping en un mundo que se está profesionalizando a marchas agigantadas. Todo ello surgía a raíz de la confesión de un jugador profesional de Counter Strike: Global Ofensive, que reconocía haber tomado sustancias dopantes en el transcurso de un torneo junto al resto de su ex equipo.
Y otra noticia, que no ha tenido mucha relevancia de momento, es el positivo de un jugador de la selección brasileña, Fred, durante la Copa América que se celebró al principio de este verano. La sustancia que ha salido en los análisis es una que se señala que sirve como enmascarante. El futbolista de momento defiende su inocencia a la espera de los resultados del segundo análisis, que algunas fuentes ya señalan como positivo también.
Pues bien, todo esto ha vuelto a poner sobre la mesa la lucha contra el dopaje. Y no son pocas las voces que reclaman que se legalice. El periodista del Telegraph James Kirkup reclama en un artículo de opinión bastante polémico que al menos haría que el deporte fuera más honesto, es decir, que hacer las trampas legales haría que fuera más honesto.
Sin duda esa sería la solución más fácil, en vez de tomar en serio la lucha contra una lacra que hace que el deporte profesional ya no sea deporte. Porque el ejercicio de malabarismo que habría que hacer para convencerse a uno mismo y luego a los jóvenes que quieren dedicarse profesionalmente a algún deporte de que deben tomar una serie de drogas para llegar al mismo nivel que los demás sería de órdago.
Pero la única forma de luchar contra el dopaje es si se hace desde todos los ámbitos. El aficionado poco puede hacer salvo rechazar a los que son pillados, pero el resto pasando por instituciones, deportistas y patrocinadores pueden conseguir mucho.
Las instituciones y organizaciones que forman parte de las diferentes competiciones deportivas deben poner muchos más medios para detectar el fraude y aplicar castigos muchos más severos a los farsantes y a los que ayudan a cometer el delito. Los deportistas tendrían que ver como un acto de deslealtad y traición que un compañero tome sustancias dopantes para ganarles y debería denunciarlo en cuanto tuvieran conocimiento. Y por último las empresas que patrocinan a muchos eventos, equipos y deportistas deberían replantearse el si quieren dar dinero a algo que conlleva eso.
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