Disparen contra el juego

Con la irrupción ahora también del ex periodista devenido en showman, -con paso previo por las tablas del Maipo- la embestida mediática contra el juego está en su punto máximo. No es necesario extenderse demasiado aquí para explicar los intereses económicos y políticos que hay en juego. Ni tampoco el peso de los contendientes.

Con mezcla de una moralina realmente desconcertante viniendo de quien viene y de un ímpetu justiciero que -si no fuera tan grave- movería a risa, campea en las redacciones de la prensa dominante el «problema del juego», el «crecimiento desmedido», los «negociados de algunos personajes». Se ha impartido la orden de posicionar el tema en la sociedad -como tantas veces con otros temas- para sacudirla con golpes bajos, tergiversaciones y falsedades. Es que nada importa a la hora de golpear.

Sin posibilidad ni ánimo de declarar otra cosa que no sea el apego total y absoluto a la legalidad y a las leyes, queremos llamar la atención sobre un particular: este ataque -que se centra particularmente en algunos partícipes del sector y a su través en el gobierno nacional y algunos provinciales- está dirigido también a toda la industria. A todos y cada uno de sus participantes. Cuidado entonces con las trampas y las celadas. No importa en lo absoluto en este momento si yo adhiero con mayor o menor entusiasmo al gobierno de turno. A nadie debe preocupar si estamos algo o muy en contra de las políticas implementadas. Ni siquiera si nos gusta más o menos la cara de un gobernante. En esta hora se está produciendo un ataque con armas de grueso calibre contra todo el sector y por motivos que están muy lejos de ser los de defender los intereses de la patria o de la justicia. Tan lejos que puede tildarse sin tapujos de desvergonzado.

En lo individual, de esta contienda habrá quienes salgan perjudicados y algunos otros que se verán beneficiados. Siempre hay ganadores y perdedores. Pero no se trata aquí de un problema legal -que deberá ser dilucidado con todo rigor- y mucho menos comercial en donde la competencia entre los participantes sigue su decurso natural. Este ataque que se está produciendo es un fenómeno que excede y en mucho a las características de la competencia, aún de la más feroz.

Claro que habrá, como decíamos, algunos ganadores en la pulseara. Y es muy probable que no se reduzca ni en una la cantidad de salas de juego existente cuando se disipe la humareda. Pero -nuevamente- el verdadero espíritu que mueve a la inmensa mayoría de los empresarios que participan de esta actividad quedará seriamente dañada. La otra consecuencia -probable también- es que finalmente algunos recursos que hoy van a las arcas del estado sean transferidas a unas pocas manos. No sería la primera vez que ocurra.

Atención entonces, que no es la hora de dejarse cegar por impulsos, emociones o desacuerdos ideológicos. Está en juego un interés superior que debe aglutinarnos. Por supuesto que no para defender alguna posible ilegalidad, pero sí para poner algunas cosas blanco sobre negro.

Rubén Parra

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