La polémica por la apertura del local con «maquinitas» en Concepción actualiza el debate sobre el juego como adicción. Omisiones del Estado
Hace apenas una semana que la frustrada instalación de un casino en la ciudad de Concepción disparó un debate en la sociedad tucumana, a raíz de la conveniencia o no de que se abra un nuevo lugar de apuestas y de juegos electrónicos. Los concejales oficialistas dieron argumentos a favor del casino como sinónimo de progreso. «Atrae al turismo»; «es necesario para cubrir a la gente de Catamarca y de La Alumbrera»; «los que se oponen a su instalación es porque están en contra del progreso». Bastó que el obispo de Concepción José María Rossi, alertara al decir que la iglesia Católica «no negocia cuestiones que afectan la moral y la sana costumbre de la gente», al referirse a todo lo que implica el juego: nocturnidad, prostitución, negocio de quienes prestan dinero, drogas, quizás, pero también degradación personal, ruptura familiar, adicción. ¿En qué afecta una sala de juegos de azar a una comunidad? En que aumentó significativamente el número de personas adictas al juego, casi al ritmo en que fue aumentando el número de maquinitas. Por eso, entre las propuestas de expertos se destaca el requerimiento de que las obras sociales den cobertura a la adicción al juego.
Según explicó el médico psiquiatra Ramiro Hernández, de la Fundación Volver, cuando hay más disponibilidad se incrementa también la demanda. Entre 100 pacientes internados por distintos tipos de adicción, el 20% se trata por adicción al juego, y en muchos casos, asociada a otras las sustancias químicas. Son policonsumidores: «quien está sentado 24 horas frente a una máquina de pocker es muy probable que también consuma alcohol.
El ojo conocedor de un agente de seguridad de las casas de juego acerca este dato: cada vez hay más jugadores jóvenes, de menos de 20 años. Y lo que llama la atención es la presencia creciente de mujeres: «de cada diez jugadores jóvenes, siete son chicas», asegura el vigilador. El custodio coincide con Hernández en que ese fenómeno se explica en gran medida en la ausencia de controles a menores y en que así evaden la barrera de la ley de las 4 AM al tiempo que consumen alcohol gratis.
A falta de estadísticas, vale una muestra para poder evaluar la problemática que se profundiza cada vez más en Tucumán, donde se han firmado acuerdos con los propietarios de maquinitas y locales de juegos de azar hasta el año 2025. El convenio se firmó durante la gestión de Mario Koltan, entonces interventor de la Caja Popular de Ahorros. En 2007 se quiso reducir el número de maquinitas en un 25%, pero los empresarios rechazaron la propuesta de la Caja Popular, y quedó finalmente en un 23%. Es decir que de las 850 máquinas quedaron, en 2009, 655. También se redujo el número de locales habilitados: cerraron nueve, entre ellos, el de Adolfo de la Vega al 400 (Casino Club). Por ese cierre dejaron de funcionar 1.000 tragamonedas, que no fueron absorbidas por otros locales, como estrategia del Programa de Juego Responsable. No hay datos actualizados sobre nuevos registros. LA GACETA se comunicó con el director de Producción y Saneamiento Ambiental de la Municipalidad, Miguel Angel Mollins para conocer el número de locales que están habilitados para el juego. El funcionario se disculpó y argumentó que no tenía a mano los datos solicitados.
Predisposición
«No hay predisposición al juego, sino por influencia del medio, y en Tucumán, hay mucha oferta de juego. También colabora el hecho de tener parientes jugadores en la familia», afirma Hernández.
En relación a cómo se convierte un jugador en un jugador compulsivo, el psiquiatra indicó que se atraviesa por tres etapas: la de ganancia, cuando empieza a ganar y dice «esta es la mía». Sigue jugando creyendo que ha descubierto cómo ganar, y pasa a la segunda: la pérdida: empieza a perder y quiere recuperar algo. Por último accede a la tercera etapa, la de la desesperación: juega para evitar el dolor de no jugar (se pelea con la familia, roba cosas de valor para venderlas, pide préstamos y toca fondo). En esta etapa, es cuando la familia se da cuenta que la situación es seria; comienza a faltar dinero, a recibir llamadas de los cobradores.
Los especialistas hacen hincapié en que por las características de la ludopatía es necesario poner en prácticas políticas preventivas. Hernández explicó que el jugador encuentra en esos sitios «su lugar en el mundo», por las características de atemporalidad que presentan: «no hay relojes, ni ventanas ni contacto alguno con el exterior», describió. Y que se deben fortalecer dos condiciones: la prohibición de menores de 18 años a esos lugares, y no permitir que funcionen cajeros automáticos dentro de los casinos.
«La solución no es prohibir; hay que legislar y actuar a tiempo, no sólo atendiendo a la persona cuando pasó a ser dependiente. Debe haber una ley que exija a empresarios y al gobierno un programa de juego responsable, como lo tienen Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba, y la mayoría de los países europeos».
A propósito, indicó que a nivel nacional y provincial se han presentado más de 50 proyectos con esa temática: que se trata invertir parte de lo que se gana en un programa de prevención (página web, y un 0800) que es sencillo y de bajo costo.
lagaceta.com.ar
